Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

TAFUR Y LA CAJA ÁUREA DE MÚSICA

 

 

Por Fernando Miguel Pérez Herranz

 

Este presente vivido en la música, este presente que permite a la melodía tener un espesor ..., este presente que misteriosamente dura, sin anular el contraste entre pasado y futuro, es lo que más se parece, en el vivir humano, a una miniatura de la eternidad. Jeanne Hersch.

 

l Barraco, un pueblo que abonó musicalmente el inolvidable maestro Andrés Piquero en los años sesenta del pasado siglo, se ha convertido hoy en punto de referencia para todos los amantes de la música en España y aun más allá de sus fronteras. En uno de esos cruces de la libertad de los hombres que, de tan coherentes como se presentan, parece que se han unido por la implacable necesidad del destino, se produce el prodigio: don Áureo Herrero dona una casa en construcción para que sirva de lugar de encuentro cultural a sus paisanos barraqueños; el Ayuntamiento, sensible a estos deseos, lo reconstruye y lo gestiona como lugar de exposiciones y conciertos; y Joaquín Tafur, su director artístico, pone todo su saber y energía para organizar en aquel recinto unos espectaculares ciclos de música que sorprenden, fascinan y deleitan a todos los que hemos tenido la oportunidad de asistir a ellos, y que, activos receptores, quedamos heridos por las músicas en nuestras más furtivas ideas y emociones. Durante año tras año, ¡y ya se han cumplido veintidós ciclos!, se ha ido conformado una compacta comunidad en torno a estos fantásticos juegos polifónicos, se ha ido creando un microclima cultural espléndido en el que se suscita un amplísimo repertorio de emociones y de placeres en torno a ritmos y modulaciones, que nos hace a todos los agraciados una vida más atractiva y bella.

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Quienes se acerquen a El Barraco a complacerse en estos ciclos de música, se encontrarán con un pueblo emplazado entre una cumbre, el alto de la Paramera, y un valle excavado por el río Alberche. Y observarán que sus moradores se saben fuertes por encontrarse doblemente protegidos en el espacio y en el tiempo: en el espacio, escudados por el venerable pinar que llaman Cabrera o Cebrera, en el que los enronchados pinos resineros conviven apacibles con pegajosas jaras y piornos de flores amarillas; en el tiempo, tutelados por un productivo monte —registrado y administrado como Monte Encinar—, alfombrado por encinas con pinceladas de lavandas, tomillos romeros y pastizales. Este Monte, propiedad de los vecinos, ha llegado a sus manos a través de vericuetos históricos que habrían de despertar la imaginación de los más sensibles trovadores de inescrutables destinos. Resultado de sucesivas donaciones que hicieron olvidadas marquesas —la Marquesa del Plantío y del Casar (1645), la Marquesa de Santo Domingo de Arlanza (1736) y la Marquesa de Santa Cruz (1787)—, a las que se unió una vecina de la localidad, que hemos de suponer hidalga, doña Anacleta Esteban (1873). La conjunción de estas generosas mercedes nos animan a imaginar a unas gentiles damas enhechizadas por algún encanto que misteriosamente recorre estos parajes y que también ha tocado sutilmente a nuestro protagonista, Joaquín Tafur: ¿Aires, juegos, galanes? Estas aún insondables mujeres esperan ser despertadas desde la ingravidez de sus reposos por algún poeta que desvele escondidas pasiones, inquietantes enigmas o aviesos laberintos, por detrás de las frías cifras que recogen los documentos, y ser devueltas a la vida imaginaria de las letras, para que nos guíen por los caminos y veredas que recorrieron sus aristocráticos anhelos. El poeta podrá imaginarlas llenas de candor y hermosura, pues no se trata ahora de entrar en los conflictos económicos y sociales de la época.

Y siempre se podría completar nuestra devoción romántica, si algún otro juglar glosara las peripecias de don Nicolás Zazo (1816-187?), el alcalde mítico que, con diez de los suyos, tuvo el coraje de hacerse con esas tierras cuando las alcanzó la desamortización. Entonces, los honrados vecinos, en vez de caer en lamentos y melancolías, compraron, repartieron y trabajaron las tierras y las convirtieron en riqueza visible y palpable. Así confortado, el pueblo puede desparramarse hacia el sur sin reparos y disfrutar de la solana que acaricia espléndidos viñedos de racimos abigarrados de uvas pequeñas pero prietas, trasmutadas en recios vinos de graduación quizá excesiva para los nuevos paladares mimados por caldos jóvenes y afrutados. Una solana que aguarda paciente a los artistas capaces de adivinar todas las gamas de tramas, colores y armonías que la iluminan.

 

Don Juan del Aguila
Don Juan del Aguila

Este lugar fue fundado en 1347 como villa, hecho documentado en fehaciente pergamino depositado en el archivo de Simancas. Conserva el edifico del ayuntamiento construido por don Juan del Águila en 1563, hoy bien conocido través de la biografía escrita por el historiador Justino Jiménez. Don Juan del Águila fue un soldado de leyenda que luchó junto al duque de Alba, y es recordado en alguna crónica de historias patrias por ser presentado al rey Felipe II de esta guisa: «Ahí le entrego un vasallo que nació sin miedo». Si el ayuntamiento es uno de los centros de la curva elíptica imaginaria que dibuja los límites del pueblo, el otro centro se asienta en la iglesia construida en la misma época, quizá planeada por Juan de Herrera, amigo de nuestro valiente soldado. Guarda en su interior un retablo en el que pueden apreciarse relieves, esculturas de madera y pinturas, alguna de ellas atribuida al maestro Berruguete, lo que para nosotros no es en modo alguno baladí, si su errante espíritu se hubiera colado de rondón en la carne de alguno de sus vecinos, quizá en los cuerpos de los hermanos Somoza —Ernesto, Pilar y Elisa—, o en Francisco Hernández, o en otros que habrán de ser recuperados en ocasión propicia, singulares artistas de la estirpe de los tenaces y sensibles abulenses, diestros con la línea y el color, y aun con la materia misma.

 

 

Un pueblo que guarda sus misterios en el mismo nombre con dos grafías —Verraco en la losa sepulcral de don Juan del Águila y Berraco en el pórtico del Ayuntamiento— y puede servir de doble símbolo que une la fuerza hacendosa con la fortaleza protectora: la del verraco animal, fertilizador de las cerdas que los ganaderos cuidan en la comarca; y la del berraco o toro de granito que servía a íberos, cartagineses o romanos de mojón o marca para señalar el límite de sus territorios. Una historia que ha contado exhaustivamente nuestro estimado José Antonio Somoza.

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El curioso visitante reparará en que este pequeño pueblo no es un pasivo modelo para el artista, amodorrado ante la velocidad que imprimen estos tiempos. La inquietud de sus habitantes ha introducido en el sector ganadero el dinamismo de la explotación de las modernas granjas, y aun se ha transformado en punto de atracción de los amantes de la Naturaleza. Quien visita el pueblo puede llevarse sus buenas dosis de sorpresas. A la entrada norte se topará con el modernísimo museo de la Naturaleza «Valle del Alberche», obra entusiasta de Jesús Manuel Sánchez, y en donde el curioso puede contemplar la fauna y la flora de una amplia comarca castellana en diferentes formatos: animales disecados, vídeos, guías de la naturaleza, y aun saboreará la exquisita presentación de los encargados de su mantenimiento.

Una Naturaleza que se hace símbolo en una finca de pinos, abetos y acacias que, muy cerca del antiguo molino, oficia de lugar de encuentro de algunos pájaros cantores que hemos encontrado en el Museo. De los matorrales proceden las elegantes alondras que trinan vibrantes melodías y las esbeltas bisbitas de bisbiseo sonoro. De los piornales llegan las gráciles lavanderas que pían jocosos staccatos y los embaucadores petirrojos que gorgoritan notas muy afiladas y agudas. De los encinares aterrizan los moteados zorzales de pipiar poderoso y los polícromos herrerillos de píleo azul de largos trinos. Y, en fin, allá los esperan los urbanos verderillos que convocan a los suyos con recortadas notas que contrastan con las más ásperas de los sociables verderones. Como si de una coral se tratase, entonan un canto de exaltación del atardecer, y trazan un cerco de música bajo la anaranjada bóveda que cubre todo El Barraco.

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Hace algunos años, este cántico, con todo su esplendor, solo constituía un abigarrado preludio a las notas que brotaban, armónicas y melodiosas, en una casa vecina. Por sus ventanas saltaban alturas y timbres que se ramificaban por todo el contorno hasta silenciar la Naturaleza misma. Aquellos sonidos sorprendieron a un adolescente que pasaba accidentalmente sus vacaciones en estas tierras, y lo atraparon y fue atravesado de amor por las formas musicales. El niño, lo habrán adivinado, es Joaquín Tafur y ya no descansará hasta que él mismo pueda traducir también sus ideas, sentimientos y emociones a través de los compases que alumbran esas imaginadas y recónditas manos que con inquietante agilidad se entretejen con las cuerdas flexibles de una figurada guitarra. ¿Quién podría ser el autor de aquellas perturbadores cadencias? Se acercará a la casa, y preguntará y conocerá a don Áureo Herrero (1904-1995), un músico total hecho a sí mismo, que se inició en la música acompañando a su padre a la bandurria; que formó parte de distintas Orquestas —desde la inicial Orquesta «Circo Price» a la Orquesta España, desde la Orquesta Nacional Filarmónica a la Orquesta Sinfónica Arbós—; que se educó académicamente al ingresar en el Conservatorio tras aprobar por libre los tres primeros cursos exigidos para matricularse en primer curso de contrabajo, y que cumplimentó otros cuatro, de armonía y contrapunto; que estudió con grandes compositores y, en especial, con quien será un gran amigo, Andrés Segovia. Excelente y reconocido profesor, arreglista y compositor, don Áureo pasa temporadas en su pueblo natal y aquí se cruza con el niño, a quien invita a entrar en el prodigioso y alquímico recinto del que nacen aquellas melodías que lo han subyugado. Y ya, sin solución de continuidad, el niño Tafur se vinculará para siempre a don Áureo, que le enseñará tan enérgica como dulcemente a encadenar muñeca, dedos, corazón y oído.

Y los dos serán generosos con el pueblo que vio nacer al maestro y que acogió con sabiduría al discípulo, tocados ambos por la magia de las notas musicales. Pasaron los años y el joven Joaquín se irá haciendo uno con la música, a la que dedicará su vida entera: desde la enseñanza y la composición hasta su tiempo libre, no olvidará la plica que enlaza la nota al paisaje, y él mismo quedó im-plicado con el maestro de pelo blanquísimo y con El Barraco para siempre. Joaquín Tafur, ha ido creando un espacio protector en el que los asistentes, a través de los crescendos, los sforzatos o los maestosos, vamos transformando nuestra memoria, sensibilidad, imaginación y hasta la manera de constituirnos en comunidad. Las resonancias despiertan (anamnésis) las emociones de los más jóvenes, que se animan y aprenden compases y tonalidades, escalas e intervalos. Algunos, incluso, alcanzan el momento de pasar de ávidos espectadores a entusiastas protagonistas, llenan con su ilusión el escenario, y se convierten en magníficos transmisores a través de hilos, madejas y arañas de punteos y de acordes. Y así, todos nos vamos convirtiendo en amantes de la música (philomúsikontes), amantes de las melodías y de los ritmos inspirados por las musas de los sonidos: Terpsícore, del canto coral; Erato, de la lira; Polimnia, de la danza.

En la casa donada por el maestro, la «Caja áurea de música», metonimia que no podemos resistirnos a transcribir desde el magnífico nombre de don Áureo, no solo se forma el carácter y se templa el alma de los espectadores, sino que se da cobijo al sentimiento de la existencia humana de la comunidad y se hace experimentar a los allí reunidos, que son parte del concierto mismo, y en diferentes tonos y claves, inmensas alegrías y tragedias horribles, amores que unen y melancolías que separan, éxtasis y lamentos... Con la guitarra como protagonista, la labor de Joaquín es triple: de organización de cursos para jóvenes aprendices, a los que se les da la oportunidad de mostrar sobre la tarima sus habilidades; espléndidos conciertos que la comunidad aprueba, día a día, con su aplauso: generoso con los jóvenes aprendices y promesas; emocionado con las figuras consagradas; de gestión seductora para atraer a excelentes artistas con prestigio nacional e internacional: guitarristas, pianistas, corales, cuartetos, tríos o grupos de jazz de una calidad contrastada e indiscutible; y de delicada sensibilidad para enhebrar la música con otros aspectos culturales: poesía, conferencias o exposiciones. En la «Caja áurea de música» vivimos preludios, fugas, sonatas, suites, rondós, nocturnos, danzas y fandangos, pavanas y canciones. Y poco a poco, los philomúsikontes nos vamos familiarizando con los genios de la guitarra española: Fernando Sor (1778-1839), Dionisio Aguado (1784-1849), Francisco Tárrega (1852-1909), Narciso Yepes (1927-1997) o Andrés Segovia (1893-1987)... Y con la música de los grandes clásicos: las variaciones de J. S. Bach, los afectos a través de las tonalidades del Barroco: el carácter audaz del do mayor frente a la triste dulzura del do menor, y así, sucesivamente; la alegría de Amadeus Mozart o la libertad absoluta de Ludwig V. Beethoven; la inseparabilidad de arte y vida de Robert Schumann... De los rebeldes Claude Debussy o Igor Strawinsky, quienes, frente al tiempo continuo y completo, aman la autosuficiencia del instante. Y sin olvidar obras sofisticadas como el Trío de Alfred Uhl. Y, permítanme una debilidad, los estudios del genial Heitor Villa-lobos. Y, en fin, con obras maravillosas de compositores españoles: desde Tomás Luis de Victoria (1548-1611) a Gaspar Sanz (1640-1710) y al padre Soler (1729-1783), Pablo Sarasate (1844-1908), Isaac Albéniz (1860-1909), Enrique Granados (1867-1916), Manuel de Falla (1876-1946), Joaquín Turina (1882-1949), Óscar Esplá (1886-1976), Federico Moreno Torroba (1891-1982), Frederic Mompou (1893-1987), Joaquín Rodrigo (1901-1999)...

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Y ahora nos toca a nosotros, a la comunidad de philomúsikontes, recordar un año más al maestro don Áureo; reconocer la gestión del Ayuntamiento y de algunos de sus mejores valedores como Carmen Sánchez, concejala de Cultura; y agradecer con especial cariño, la pasión y el quehacer de Joaquín Tafur, que, sin alardes ni protagonismos, ha incrementado la potencia espiritual de todos nosotros. Una potencia que se contagia a todo el pueblo, que se esparce y se multiplica, que se diluye y se recupera, y que realimenta siempre el bienestar en la cultura, que no es posición ideológica, ni ritual represivo a mayor gloria de un régimen o de una política, ni un velo que oculta intereses espurios. Joaquín, año tras año, nos regala con esas «miniaturas de eternidad», como las denomina con agudeza Jeanne Hersch, pensadora del tiempo y de la libertad. Y éste quiere ser nuestro testimonio de reconocimiento a Joaquín Tafur y a la mágica «Caja áurea de música».

 

Por Fernando Miguel Pérez Herranz,

Profesor Titular de la Universidad de Alicante