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Colaboraciones
DON RAMIRO, MAESTRO
Por Fernando Miguel Pérez Herranz
 on
José Ortega y Gasset, nuestro ilustre filósofo,
definía lo humano con una frase que pertenece ya al acervo
popular: "Yo soy yo y mi circunstancia". Si tuviera que
aplicársela a don Ramiro, diría que su irrevocable
yo vocacional de pedagogo se encuentra envuelto y atravesado
por la circunstancia de haber nacido en el seno de una familia
de excelentes maestros, encariñados todos con su profesión
y entregados a este trabajo, tantas veces ingrato, de desgranar
saberes, que no pueden ser más que guías -las primeras
guías, las que de verdad cuentan- para iniciar a los escolares
en las complejidades de la vida. Una circunstancia que se vivificará
algo más tarde, cuando don Ramiro se cruce con otro maestro
con quien conformó una pareja inolvidable, símbolo
del magisterio para muchas generaciones de El Barraco: el hoy ausente
y recordado don Jesús. Sin duda don Jesús fue más
don Jesús cuando encontró a don Ramiro, y don Ramiro
fue más don Ramiro cuando encontró a don Jesús.
Pero si la esencia de ser maestro es inseparable de su circunstancia,
no es un simple reflejo de ella. También el oficio hay que
saber cultivarlo, mimarlo y formalizarlo; porque aquí no
homenajeamos al maestro en general, ni al buen maestro en abstracto,
sino a un maestro singular, a don Ramiro, un hombre concreto que,
sin abandonarse ni desfallecer, supo cristalizar su propia circunstancia.
Y, al mismo tiempo, ayudó a fertilizar y multiplicar la de
varias generaciones de escolares, como hoy lo reconocemos y recordamos.
* * *
Quisiera dejar aquí mi pequeño testimonio para que
se una a otros muchos que llenarán el cesto de su vida escolar
y que le entregamos como ofrenda en este común homenaje.
Podría rememorar mi preparación para el ingreso al
Bachillerato durante todo un año en el desaparecido edifico
de las escuelas que había al costado de la Iglesia, en su
cara oeste. De ese año guardo imágenes deslavazadas
e inconexas: una tarde de intenso frío e inquietante oscuridad;
una mirada a la televisión que entonces nacía; una
escapada hasta los Muros, el límite del pueblo que no se
podía traspasar, y en donde oía conversaciones de
chicos mayores que me desconcertaban... Estos son sin duda "recuerdos
verdaderos", aunque las referencias con el tiempo estén
distorsionadas; mas el "verdadero recuerdo", el que unifica
todas esas vivencias de aquel curso, son las clases que, tras el
horario oficial, nos impartía don Ramiro. Con él aprendíamos
historia, geografía..., pero sobre todo matemáticas.
Las temidas matemáticas, ¡qué fáciles
resultaban en sus explicaciones! Y después, llegada la hora
del examen, todo aquel esfuerzo fluía de manera casi natural,
y se traducía en unos magníficos resultados, que no
eran sino la consecuencia lógica de aquella rigurosa preparación
que nos regalaba: un excelente punto de partida que debíamos
aprovechar, y que así lo hicimos muchos de nosotros. ¿Qué
mejor ocasión para rememorarlo y darle las gracias públicamente
que en este acto de homenaje?
Y se equivocará quien piense en una enseñanza "memorística",
en el aprendizaje de rapsodias de nombres repetidos con orden quizá,
pero sin concierto. Nada más lejos de la realidad. Don Ramiro
nos enseñaba un espléndido método: tenía
una intuición especial para enfrentarse a un problema (y
aún la tiene; todavía en nuestras largas charlas de
periodo vacacional me hace partícipe de algunas de sus ingeniosas
soluciones). Primero había que analizar la cuestión
por sus articulaciones naturales; y cuando ya estaba el problema
convenientemente diseccionado, sintetizaba el despiece anterior
mediante una ley, generalmente con la ayuda de alguna regla mnemotécnica;
y sólo entonces se podía obtener el resultado cuantificado.
En una palabra, lo que don Ramiro hacía era enseñarnos
a pensar.
Pero tampoco hay que entender este pensar de manera genérica
y abstracta. Don Ramiro nos enseñaba a pensar para
movernos en el mundo académico, nos enseñaba
a pensar en el interior del saber académico, no en el envoltorio
de la manipulación ideológica. Don Ramiro nos ayudaba
a dar los primeros pasos y a subir los primeros peldaños
que exige el conocimiento sistematizado, algo que él mismo
asocia con su formación de bachiller superior. Ese saber
de más, por así decir, que tenía don Ramiro
le permitía intuir el camino por el que debía avanzar
nuestra educación, que no tenía como fin el saber
concreto de ese curso, sino que estaba dirigido a alcanzar peldaños
cada vez más elevados, esos que don Ramiro ya había
recorrido. Éste quizá haya sido el secreto de su excelencia
técnica.
Porque su excelencia humana es otra cosa. Su entusiasmo, su ingenio,
su perseverancia o su generosidad son valores que apreciamos en
él todos los que le conocemos. A la generosidad apelo ahora
para imaginar que si alguien escribiera hoy una obra como aquella
de don Miguel de Unamuno, Amor y pedagogía,
sobre el mundo de la escuela, los personajes deberían llamarse
don Ramiro y don Jesús -nuestra otra referencia educativa-,
y sé que no le hubiera importado, ni siquiera hoy, en "su
día", compartir protagonismo con su compañero
y amigo. Sus nombres son ya el símbolo de la enseñanza
para quienes tuvimos la suerte de ser iniciados por ellos. Gracias,
don Ramiro, maestro.
Por Fernando Miguel
Pérez Herranz,
Profesor Titular de la Universidad de Alicante
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