Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

DON RAMIRO, MAESTRO

 

 

Por Fernando Miguel Pérez Herranz

 

Don Ramiro en la escuela de El Barraco (Ávila), años 60on José Ortega y Gasset, nuestro ilustre filósofo, definía lo humano con una frase que pertenece ya al acervo popular: "Yo soy yo y mi circunstancia". Si tuviera que aplicársela a don Ramiro, diría que su irrevocable yo vocacional de pedagogo se encuentra envuelto y atravesado por la circunstancia de haber nacido en el seno de una familia de excelentes maestros, encariñados todos con su profesión y entregados a este trabajo, tantas veces ingrato, de desgranar saberes, que no pueden ser más que guías -las primeras guías, las que de verdad cuentan- para iniciar a los escolares en las complejidades de la vida. Una circunstancia que se vivificará algo más tarde, cuando don Ramiro se cruce con otro maestro con quien conformó una pareja inolvidable, símbolo del magisterio para muchas generaciones de El Barraco: el hoy ausente y recordado don Jesús. Sin duda don Jesús fue más don Jesús cuando encontró a don Ramiro, y don Ramiro fue más don Ramiro cuando encontró a don Jesús.

Pero si la esencia de ser maestro es inseparable de su circunstancia, no es un simple reflejo de ella. También el oficio hay que saber cultivarlo, mimarlo y formalizarlo; porque aquí no homenajeamos al maestro en general, ni al buen maestro en abstracto, sino a un maestro singular, a don Ramiro, un hombre concreto que, sin abandonarse ni desfallecer, supo cristalizar su propia circunstancia. Y, al mismo tiempo, ayudó a fertilizar y multiplicar la de varias generaciones de escolares, como hoy lo reconocemos y recordamos.

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Quisiera dejar aquí mi pequeño testimonio para que se una a otros muchos que llenarán el cesto de su vida escolar y que le entregamos como ofrenda en este común homenaje. Podría rememorar mi preparación para el ingreso al Bachillerato durante todo un año en el desaparecido edifico de las escuelas que había al costado de la Iglesia, en su cara oeste. De ese año guardo imágenes deslavazadas e inconexas: una tarde de intenso frío e inquietante oscuridad; una mirada a la televisión que entonces nacía; una escapada hasta los Muros, el límite del pueblo que no se podía traspasar, y en donde oía conversaciones de chicos mayores que me desconcertaban... Estos son sin duda "recuerdos verdaderos", aunque las referencias con el tiempo estén distorsionadas; mas el "verdadero recuerdo", el que unifica todas esas vivencias de aquel curso, son las clases que, tras el horario oficial, nos impartía don Ramiro. Con él aprendíamos historia, geografía..., pero sobre todo matemáticas. Las temidas matemáticas, ¡qué fáciles resultaban en sus explicaciones! Y después, llegada la hora del examen, todo aquel esfuerzo fluía de manera casi natural, y se traducía en unos magníficos resultados, que no eran sino la consecuencia lógica de aquella rigurosa preparación que nos regalaba: un excelente punto de partida que debíamos aprovechar, y que así lo hicimos muchos de nosotros. ¿Qué mejor ocasión para rememorarlo y darle las gracias públicamente que en este acto de homenaje?

Y se equivocará quien piense en una enseñanza "memorística", en el aprendizaje de rapsodias de nombres repetidos con orden quizá, pero sin concierto. Nada más lejos de la realidad. Don Ramiro nos enseñaba un espléndido método: tenía una intuición especial para enfrentarse a un problema (y aún la tiene; todavía en nuestras largas charlas de periodo vacacional me hace partícipe de algunas de sus ingeniosas soluciones). Primero había que analizar la cuestión por sus articulaciones naturales; y cuando ya estaba el problema convenientemente diseccionado, sintetizaba el despiece anterior mediante una ley, generalmente con la ayuda de alguna regla mnemotécnica; y sólo entonces se podía obtener el resultado cuantificado. En una palabra, lo que don Ramiro hacía era enseñarnos a pensar.

Pero tampoco hay que entender este pensar de manera genérica y abstracta. Don Ramiro nos enseñaba a pensar para movernos en el mundo académico, nos enseñaba a pensar en el interior del saber académico, no en el envoltorio de la manipulación ideológica. Don Ramiro nos ayudaba a dar los primeros pasos y a subir los primeros peldaños que exige el conocimiento sistematizado, algo que él mismo asocia con su formación de bachiller superior. Ese saber de más, por así decir, que tenía don Ramiro le permitía intuir el camino por el que debía avanzar nuestra educación, que no tenía como fin el saber concreto de ese curso, sino que estaba dirigido a alcanzar peldaños cada vez más elevados, esos que don Ramiro ya había recorrido. Éste quizá haya sido el secreto de su excelencia técnica.

Porque su excelencia humana es otra cosa. Su entusiasmo, su ingenio, su perseverancia o su generosidad son valores que apreciamos en él todos los que le conocemos. A la generosidad apelo ahora para imaginar que si alguien escribiera hoy una obra como aquella de don Miguel de Unamuno, Amor y pedagogía, sobre el mundo de la escuela, los personajes deberían llamarse don Ramiro y don Jesús -nuestra otra referencia educativa-, y sé que no le hubiera importado, ni siquiera hoy, en "su día", compartir protagonismo con su compañero y amigo. Sus nombres son ya el símbolo de la enseñanza para quienes tuvimos la suerte de ser iniciados por ellos. Gracias, don Ramiro, maestro.

Por Fernando Miguel Pérez Herranz,

Profesor Titular de la Universidad de Alicante