Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

HISTORIAS DE LA "CAJA ÁUREA DE MÚSICA": FOLÍAS Y FANDANGOS EN EL MONTE ENCINAR

Por Fernando Miguel Pérez Herranz

 

A la mujer barraqueña

 

 

 

e acerca el día del estreno y el director del grupo de danza repasa con Benigno, primer bailarín y promotor de la idea, los más pequeños detalles de la obra. Se han atrevido con un emocionante reto: transformar una curiosa creencia, transmitida de generación en generación y sin que hasta ahora nadie la haya puesto en duda, en una leyenda, en un mito, a través de la danza y de la música. ¿Habrán ido demasiado lejos? La empresa es novedosa y quizás no satisfaga a todo el mundo. Y siguen dando vueltas al asunto. —«¿Cómo es posible que se acepte durante más de trescientos años que unas marquesas donaran las tierras del Monte Encinar?». Cien veces le ha hecho esta pregunta el director a Benigno, amigos desde hace décadas, quien, como tantas otras, le responde: —«No le des más vueltas, hombre; ni lo sabemos ni podemos saberlo. Es una narración tan bien trabada que a cualquiera le parece verosímil. Y eso es lo que vamos a tratar de mostrar con nuestro espectáculo ¿no? No hay ningún documento que lo avale, ya lo ha explicado José Antonio sin ningún género de dudas. Se trata, simple y llanamente, de la construcción de un mito». Una breve pausa, y el director se da ánimos: —«¡Tienes razón! Dejémoslo estar. Lo explicaremos a través de la música y de la danza». Se encuentran ya muy cerca del Salón Áureo Herrero e interrumpen la conversación. Allí los espera todo el elenco de músicos y bailarines para el ensayo.

«¡Atentos! —comienza el director— ¡Este será el penúltimo ensayo! Mañana representaremos toda la obra de un tirón y el domingo, el estreno. Os quiero a todos bien concentrados. Ya sabéis: Feliciana, Benigno, Encarna y Justo sois los puntos de referencia... Los demás, muy atentos a sus entradas y sus salidas. ¡Y a sus indicaciones! ¡Hale! ¡Venga! ¡Vamos allá!». Los músicos afinan los instrumentos para el acto de apertura: un rabel, una chirimía, un laúd y un salterio. Una señal entre bambalinas los advierte de que todo está dispuesto. —«¡En marcha el proyector!».

Apertura. La danza mudéjar del encantamiento del Valle Alberche.

Las palabras del director, tan entusiastas como enérgicas, ponen en acción a Julián, que se encarga de que todo esté preparado y listo en el escenario. Lentamente va abriendo las cortinas, que dejan ver una pantalla de proyección frontal que se inunda de colores difuminados. Poco a poco van tomando la forma de un valle rodeado por bosques de encinas hacia el norte; la aparición de unas manchas rojas y grises en el centro del panel indican la existencia de un pequeño poblado; y, en la parte inferior, el azul verdoso y zigzagueante del río contrasta con el azul ciano celeste que cobija a las montañas. Los músicos hacen su entrada con una partitura que recuerda las danzas de aire mudéjar. —«¡Adelante!» se dirige el director con énfasis al grupo de bailarines, que irrumpe en el escenario. Arrancan con mucho brío, dan en redondo rápidas vueltas y sus rostros aparecen muy alegres y confiados. Los cuerpos se flexionan y se arquean, salen de la escena y vuelven a entrar —«para lograr el efecto de que sois muchos más», explica el director. —«Al concluir la música, vosotros tres quedáis tendidos en el suelo y vosotras tres os arrodilláis; y, entonces, todo quedará oscuro y silencioso». Julián enciende un foco de una fría luz blanca y lo dirige lentamente hacia uno de los caídos, que queda intensamente iluminado. «Benigno —le musita el director, mientras se despereza y se incorpora—, no te olvides de que eres el «espíritu» del Valle y no un bufón de corte; contente todo lo que puedas: no quiero que ningún espectador esboce siquiera una sonrisa en tu parlamento. ¿Está claro? Sacas el pergamino del morral, lo estiras y lo lees con toda naturalidad. ¡Adelante!

Oíd, gentes del lugar,
al «espíritu» de este Valle,
que tantos pueblos cruzaron:
cristianos, hebreos y árabes.
Os voy a rememorar
la leyenda de heredades
que ciertas marquesas donaron
para que nadie avasalle
a los hijos de El Barraco
en nefastos avatares.

Cuadro primero. Las seguidillas de las crisis

— «¡Muy bien, muy bien, Benigno!, ¡has estado muy convincente! ¡Estupendo!». El «espíritu» del Valle impregna la escena de encanto y melancolía. La pantalla se va iluminando de izquierda a derecha: comienza con una luz muy brillante, que se va haciendo cada vez más tenue; luego se rodea de un aura que parece mostrar el paso de la luz natural al resplandor de las leyendas. Los músicos, discretamente, han cambiado de instrumentos, sustituidos por dos guitarras barrocas, un laúd y un clavecín, e inician los primeros compases de un baile festivo, de una seguidilla. —«¡Recordad todos! Es una escena costumbrista: bailáis con sosiego, con templanza..., pues expresáis la vida cotidiana de la comunidad». Vibran las notas del laúd, se incorpora en contrapunto la guitarra barroca, y dan paso a una alegre melodía del clavecín. Los bailarines continúan con sus ademanes moderados y, a una indicación del director, ¡súbitamente!, dos figuras vestidas de negro, tocadas de un halo siniestro, entran y desbaratan la armonía de la escena. Vestidos de regidor y de caballero marcan pasos muy rígidos y ásperos, y se dirigen beligerantes hacia los chicos, que retroceden entre sorprendidos y asustados. — «¡Así, así, Justo y Miguel, así, ¡muy bien! ¡Con energía! ¡Arrollándolos!». Aunque no puede evitar un lamento, que masculla para sí: —«Necesitaríamos más personajes, pero tenemos que ajustarnos al espacio con el que contamos». Tras unos segundos de vacilación, y ante la sorpresa, si no el estupor, del regidor y del caballero, las jóvenes bailarinas del grupo, los cabellos en parte sueltos y en parte trenzados, haciendo girar sus torsos, elevando los brazos y resonando sonajas y cascabeles, les ofrecen resistencia. Superado ese momento de perplejidad, no previsto por los intrusos, el regidor y el caballero se abalanzan sobre ellas, las arrinconan y las esposan. Después se revuelven contra los jóvenes, que, con repentina agilidad, trazan múltiples figuras: floretas, cabriolas y sacudidas, hasta caer rendidos al suelo. Paralizados y dominados los jóvenes, la música cambia los armónicos y, al cabo de unos segundos, se inicia una marcha militar. La escena costumbrista se troca en una escena de desasosiego. Los hombres del pueblo, presionados por las fuerzas externas, simbolizadas por los personajes de negro, han de marchar a otros lugares, a la guerra o a las Américas. Dos de los bailarines recogen algunas ramas del suelo, se las colocan a modo de fusiles y se alejan del escenario, mientras el decorado se desvanece y da paso a una larga fila de soldados con sus armas y sus macutos que, de espaldas, se dirigen hacia lejanos territorios sobre los que aparece un cartel nombrándolos como Países Bajos. Sin solución de continuidad, la música va cambiando de ritmo y se metamorfosea en una balada marinera, a la vez que la proyección pasa de Flandes al Océano y allá, al fondo, surge una mancha de tierra: ¡América!; los otros dos jóvenes recogen más ramas y con ellas hacen movimientos que simulan remar y se dirigen hacia la silueta de una carabela que se adivina a lo lejos; y, en fin, el tercer joven permanece tendido y paralizado. El «espíritu» del Valle, que ha acompañado toda la escena con sus bailes, queda con el rostro entristecido, pero no rendido, y canta al son de la seguidilla: «A la guerra me lleva / mi necesidad; / si tuviera dineros, / no fuera, en verdad».

Cuadro segundo. La folía de la confabulación

Los músicos inician la melodía y los taconazos de los ejecutantes de los jóvenes danzarines, que han cambiado su vestimenta, marcan el tempo de la folía. Ataviados ahora de ancianos, mujeres y niños, y en precisos avances y retrocesos, a través de una gama muy rica de pasos de danzas —floreos, cruzados y composturas—, van tejiendo una espléndida tela al entrecruzar los hilos que los danzantes llevan en sus manos a partir de un centro que sostiene el «espíritu» del Valle: así forman el escudo de la localidad, que simboliza el acuerdo y el pacto contra el invasor. Un texto aparece en la pantalla: «Con la marcha de los jóvenes a la contienda de Flandes o a la búsqueda de aventuras en las Américas, los pocos vecinos del pueblo que quedan, ancianos, mujeres y niños, acuerdan poner en común una parte de sus tierras para ayudarse tanto en las labores del campo como en las servidumbres de la vida: accidentes, enfermedades, alumbramientos...».

Cuadro tercero. El fandango de la formación del mito

A los dos personajes de negro, el regidor y el caballero, se suman ahora un oficial y un alguacil, que llegan al valle para apropiarse de las tierras. Los caballeros entran en escena de la misma manera que lo hicieron en el cuadro anterior. Los ancianos, las mujeres y los niños, que sostienen el símbolo del pacto, retroceden. Los cuatro caballeros comienzan a bailar un fandango, con pasos profundos y taconazos rotundos; ríen y voltean; ríen y giran; ríen y ruedan. En uno de los contoneos, se encuentran ante una mujer que se les enfrenta con unas castañuelas que tintinean y que replican los movimientos de los danzantes. Los cuatro personajes, al igual que en el primer cuadro, se quedan sorprendidos y perplejos; pero esta vez no responden de la misma manera; les cuesta avanzar y su taconeo se disuelve ante el fandango mucho más intenso y poderoso de la mujer que los reta con sus gestos. —«¡Estupendo, Feli!, ¡magnífico movimiento!». El director se exalta en este momento que todos han estudiado y repasado cientos de veces. Es el gran instante singular y mágico, irreversible, sin retorno. Los danzarines han de mostrar cómo la realidad se convierte en mito, en narración fijada en el imaginario de la comunidad ya para siempre. El director se dirige con la vivacidad y el brío que lo distinguen hacia los actores bailarines: — «Eso es lo que tenéis que mostrar vosotros: el momento tan excepcional y dramático en el que se formó el mito; ese acontecimiento que crea esta leyenda que parece casi historia verosímil. ¡Vamos allá!»

Y, entonces, la voz de Feli resuena firme y determinante: —«Yo soy Encarnación; Arribas era mi padre; y mi madre Castrejón» . Y los danzarines comienzan a dar vueltas alrededor de su soberbia y soberana figura. El «espíritu» del Valle, refulgente, los va animando uno por uno. Una de las niñas grita: «¡Y viene del Cuervo!»; y uno de los niños: «¡Y es condesa del Plantío!»; y uno los ancianos: «¡Y es marquesa del Casar!»; y una de las ancianas: «¡Y éstas son nuestras tierras!» ... Y aquel suceso se graba en las almas de la comunidad y así lo contarán generación tras generación desde 1645, año de crisis en estos lugares: enfermedades; guerras; esperanzas de hacer fortuna en otras tierras... Pero ante la codicia de quienes quisieran esquilmar el pueblo, una mujer tomó la voz, se enfrentó a caballeros y leguleyos, que pretendían aprovecharse de las incertidumbres de la época, y la memoria lo fijó como la donación de una mujer con carisma y potestad, que se puso con valentía y braveza al frente del pueblo...

Cuadro cuarto. Las jotas de la consolidación del mito

Se repiten las danzas. Esta vez el caballero y el regidor se visten con pelucas dieciochescas. Los fandangos dan paso a las jotas. Mujeres, ancianos y niños rememoran a la Marquesa de Santo Domingo de Arlanza (1736), mientras se proyectan imágenes de la época del reinado de Felipe V e Isabel Farnesio. Después, a la Marquesa de Santa Cruz (1787), ilustrada con un retrato de Floridablanca, ministro de Carlos III, que lleva en sus manos el Informe escrito ese mismo año sobre los perjuicios de los bienes que se sustraían a la Hacienda pública. Y, finalmente, en una época más cercana, se recuerda a una vecina de la localidad, doña Anacleta Esteban, en el convulso año de 1873. Y con la proyección de escenas costumbristas del momento, se cierra pausadamente el telón.

Epílogo. Una segunda folía y el parlamento del «espíritu» del Valle

Tras unos minutos, que es de suponer se rellenarán con los aplausos del público, («¡Esperemos que así sea!», reza el director), se vuelve a abrir el telón. Con música de folías, que ha renovado el conjunto Hespèrion de la mano del maestro Jordi Savall, se proyectan varios fotogramas a partir de una panorámica general del Valle Iruelas; una vista del pueblo contemplado desde la Cebrera; el Ayuntamiento; la Iglesia; las ermitas de san Marcos, de la Piedad y del Carmen de las Cruceras; el Museo de la Naturaleza; el propio Salón Áureo Herrero, la fuente del Ayuntamiento y otras muchas para el ganado, diseminadas a lo largo y ancho del término municipal... Aparece en pantalla la figura nacarada del «espíritu» del Valle y agradece al público su asistencia. E inicia su parlamento: —«¿Cómo se configuró la leyenda de las donaciones, que han asumido una generación tras otra? Los mitos se metamorfosean, se transforman y se intercambian entre sí, como si fueran autónomos, independientes de la realidad. Comportan el misterio de los orígenes y su desconexión de la vida cotidiana. Una vez puesta en marcha, la leyenda se repite indefinidamente, se va imponiendo al grupo al que proporciona conexión y coherencia. A partir de ese origen común, hombres y mujeres y niños se agrupan y se fortalecen. Y así, cohesionado por el relato, el grupo se transmuta en pueblo. ¿Leyenda, mito? Ha de existir alguna vereda, quizá un puente, que nos transporte de la narración asumida por todos hasta la realidad que la soporta y la sostiene. Es tentador imaginar que la leyenda nació de la fuerza de la solidaridad de las mujeres que quedaban en el pueblo, cuando los hombres se habían marchado a la guerra o emigrado en busca de nuevos recursos, y ante la presión de intereses foráneos que ponían en peligro la existencia misma de la comunidad. El mito de una Lisístrata castellana redivivo. Las fincas del Monte Encinar constituían una reserva de riqueza común antes de que existieran las mutualidades, las cooperativas o la seguridad social y constituyeron el mejor recurso para la supervivencia solidaria. Asociación de particulares, encarnaba el punto intermedio entre la propiedad privada, expuesta a los azares de la fortuna, y la propiedad municipal del Concejo, que podía verse en el ojo del huracán de las expropiaciones por el Estado. Esta Asociación protegía a sus vecinos de los avatares de la vida: de los accidentes de la naturaleza y de los de la historia. Y en los tiempos más aciagos se mostró siempre presto para auxiliar tanto a las gentes de la comunidad como al Consistorio Municipal. Ayudó a traer a la localidad el agua y la luz; arregló caminos y cotos de caza; acogió la puesta en marcha del Hogar del jubilado y de la Cruz Roja; y así, sucesivamente. Y también a nosotros, amantes de la música (philomúsikontes), cuando generosamente colaboró con la puesta en marcha de la Banda de Música, patrocinada por el Ayuntamiento, y de la que saldría la afición musical del pueblo, que hoy se continúa ejerciendo en esta Caja Áurea de Música. Y que hoy, con esta representación, ha unido la música, la danza y el homenaje a la mujer barraqueña ¡Sea!».

 

 

Por Fernando Miguel Pérez Herranz,

Profesor Titular de la Universidad de Alicante

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