Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

HOMENAJE A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


El Barraco, 17 de agosto de 2008

INFANCIA EN MOGUER

caso es la infancia el territorio de la felicidad? ¿Tal vez es el paisaje azul de la nostalgia, la luz encendida del recuerdo, el fuego que baña el corazón de extrañas melancolías?
¿Puede la infancia ser un mar sin olas, un pueblo blanco donde se oficia la luz? Moguer. Moguer. Lejos quedan los patios y las sombras. Las tardes del verano. Madre bajo las copas de los árboles. El vuelo triste de los pájaros. Lejos queda el rumor del río bajo las minas. La niebla del corazón atravesada por las mariposas de mil colores. Moguer. Moguer. Nunca la distancia fue tan honda.
¿Acaso es la infancia el patio donde un niño persigue la memoria? ¿Tal vez es el espacio de lo que nunca muere, de lo que vive en nosotros y perdura, y nos colma de paz?.
Moguer. Moguer. Andalucía de los abismos. Grito de nieve en los senderos ocultos del corazón.
Moguer. Moguer. Blanco racimo de nostalgia en los paisajes del alma.


En los perfiles del aire
la tierra enciende el camino:
la luz ilumina el sueño,
el mar se mueve más intimo.
Las veredas de la tarde
van derramando sus lirios,
el olor de los rosales,
la vid en cada racimo.
Dolor de noche en la noche,
¿quién ilumina el abismo
del amor de las palomas
en un zureo tan limpio?
Moguer en la cal tan blanca
de los muros encendidos.
Moguer de fuego en las tardes
de la cigüeña en el nido.
Moguer de fruta madura
en las huertas. Moguer tibio
de palmeras y de sombras
en los jardines dormidos.
Moguer de niebla callada,
Moguer de Platero esquivo,
de negro mar en los ojos
de azabaches doloridos.
Moguer de flores ocultas
en la infancia de los lilos,
fuente de piedras calladas
al borde de un precipicio.
Y balcones y geranios
rojos como flor del frío,
sol en las tardes de marzo
y luz breve de domingo.
Sube Aguedilla las calles
de zarzamoras y grillos;
y Juan Ramón se ha escapado
en las aguas de ese río
de la vida y de la muerte,
del corazón infinito,
del amor de Andalucía,
del triste azar que está escrito
en los ojos de las cosas
de la infancia y el destino.


Moguer cuando todo duerme.
Moguer espacio de un niño.

José María Muñoz Quirós

 

 

LEYENDA


e sido condenado a la torre de marfil del narcisista y a la distante compasión por el enfermo mental. El tópico dictó sentencia y nadie se molesta en cuestionarlo. Pero yo quiero hablaros de otro Juan Ramón.

Llegué a Madrid desde mi Moguer natal en 1900, con 19 años y mucho Gustavo Adolfo Bécquer en la maleta de mis lecturas. El gran Rubén Darío me había pedido que me uniera a la batalla que los jóvenes modernistas darían a los viejos defensores del Realismo. Compartí esa primera línea de la lucha y fuimos acusados de frívolos y descreídos, de estetas que preferían huir a mundos exóticos, antes que enfrentarse a la realidad.

Creíamos en una vida fecundada por el Arte y una ética beligerante contra la falta de belleza. Creíamos en la poesía como acción liberadora y en el artista como profeta de esa liberación. Los hombres del 98 buscaron en Castilla el paisaje del alma española, la clave de su regeneración. Yo expreso mi disconformidad con el mundo en la búsqueda de mundos interiores.

Pudo más que yo la dureza del combate y mi familia, que temía por mi razón, me envió a un sanatorio próximo a Burdeos. He vivido la poesía como una cuestión de vida o muerte. He buscado sin concesiones ni halagos mi camino. En mi enésimo retorno a Madrid disfruto del círculo de libertad que ha creado la Residencia de Estudiantes. Aquí se forma la España del futuro. No quiero ser ajeno a este lugar ni a este tiempo excepcional.

Dicen que escribo una leyenda difícil de catalogar. Me han acusado de rebelde iconoclasta y desocupado señorito. Soñador solidario y egoísta solitario. Seductor y enamorado. He muerto y renacido en continuas transformaciones y he sentido la noche de la locura muy cercana. Mi corazón late acompasado con el mundo, inmenso como el mar y diminuto como el grano de arena que la espuma arrastra. Soy el matemático que corrige sin cesar sus cálculos y busca la ecuación exacta de la Rosa.


Se envenenaron de muerte
las manzanas del ocaso.
Su larga sombra desciende
con negro augurio de pájaros
y en el hogar de la tarde
al crepúsculo ha entregado
la majestad del silencio
que calla todo lo hablado.

Sus venas de luz el sol
va en la noche desangrando
y vacía los bolsillos
de un tiempo ya derrochado.
Miente sin color el mundo
que los ojos nos contaron.
La mariposa nocturna
liba sueños apagados,
mientras los cuervos del frío
caen de las ramas del tacto
y las larvas del olvido
tejen su blanco sudario.

La muerte nos llevará
tras el río de los años
y un bosque antiguo de besos
florecerá en otros labios
para beber nuevas lluvias
y ofrecer a lo sagrado
del vivir, que nos acaba,
la primicia del encanto

y esta lucidez final
que desliga con su rayo
los círculos del anillo
que al corazón desposaron.

José Pulido Navas


POEMA DE AMOR

l amor fue su razón durante tantos años, fue su calma y su soporte, el refugio seguro, el hogar, el sosiego necesario para convertir en poesía su pensamiento profundo. Fructífero y emocionado, el tiempo vivido junto a Zenobia, el consuelo de una mujer fuerte y frágil, de poderosa personalidad aunque sumisa a su hombre; le marcó la vida, transformó en muchos aspectos la existencia del poeta. No es fácil separarse de lo que uno ama, tan pronto, no es fácil ni justo, ni oportuno, nunca. Juan Ramón amó a Zenobia de un modo profundo, apasionado que sólo su obra podía expresar. Por quererla, sus versos se depuraron, se convirtieron en palabra esencial, en poesía desnuda. Y el hombre resolvió sus conflictos, amansó su sentido ideal de la vida junto a las manos siempre cálidas y prácticas de la mujer amada. Sombra luminosa o luz permanente, el amor y la atención, la inigualable comprensión de la mujer hacia el poeta que se perdía entre depresivos semblantes de si mismo, cambió los destinos de ambos y sus corazones.


Me quedo con los besos,
con el amor a secas
convertido en combate desigual
contra la ausencia.
Me quedo con tus ojos,
con la honda y frenética
costumbre
de quererte.
Reconozco en las voces
tu tono de poema.
Y el papel sigue en blanco
acostumbrado al sincero
abandono, a los meses
de exposición infértil.
Me quedo con la luz
de tu trazo
suspendido en la brisa primera,
con tu vestido verde
y tus pies diminutos,
recorriendo confines.
Allí me quedo yo
esperando que vuelvas
en la misma morada
donde contamos sueños
y proyectos y rimas,
donde el mar era nuestro
y eterno era el presente.
El secreto eres tú.
Sólo pienso en ti.

Ana Agustín

 

AMÉRICA O LA MÚSICA DEL EXILIO

oesía suficiente. Poesía verdadera. Animal de fondo que busca en las honduras de su bosque interior un Dios deseado y deseante. Animal que huye del incendio general de España, dejando atrás los campos de Huelva y los huérfanos de la República Española, ya para siempre. Barcos con estelas de plata que navegan hacia América cargados con los sueños rotos del viejo continente. Y lo que habrá de venir todavía… Música y novelas policíacas: los dos únicos vicios confesables del poeta. Música del español indiano. Nueva York, La Habana, Miami, Puerto Rico: final de trayecto en el viaje hacia el surtidor secreto del alma. Los ecos de la guerra y el refugio desesperado de la palabra: América quiere dar lo que tanto niega España. Pero no es suficiente. Un día tras otro sin carta de Moguer. Y la noticia del Nobel -ya para qué- en los labios muertos de la esposa que se despide… Tercera y última Antolojía. Repaso de una vida. Poesía verdadera. Poesía suficiente para la última singladura del poeta.

En el ronco gramófono
suena "La Borinqueña"
en la rayada voz del bombardino,
y el poeta se duerme
soñando con un baile,
canotier y pamela,
en el viejo San Juan de Puerto Rico.
Zenobia ya no está;
se fue después de darle
la noticia del Nobel
resonando en el pozo
sagrado de sí mismo.

¿Y para qué la música y el canto?
¿La tarde para qué?
¿Para qué mariposas amarillas
que confunden las playas
de Huelva y el Caribe
en esta estancia húmeda y vacía?
Flamboyán, flor de maga,
ceiba, mangle, jaguey en los jardines
del alma que transita
de las voces de América hasta el eco
de las voces perdidas.
Y Juan Ramón que duerme
escuchando el silencio
de sus estancias íntimas…

El poeta se irá
y quedarán los pájaros cantando
mambo a ritmo de jazz,
un bolero, una danza, una habanera…
La habitación vacía,
la silla de Zenobia
aguardando en la niebla
del malecón del alma.
Y el mar Caribe mudo
después de la tormenta.
La música callada
de las cosas que duermen
cuando nadie las mira,
cuando nadie las toca,
cuando nadie las piensa.

Carlos Aganzo

 

 

HOJAS SUELTAS DEL DIARIO DE ZENOBIA

Noche Buena de 1947

oy he visto llorar a Juan Ramón como a un niño, quizá como el niño que nunca ha dejado de ser. Aunque siempre demuestra displicencia y desinterés hacia lo que ocurre dentro de la España franquista, escuchar hoy en radio nacional un programa titulado "nostalgia de Juan Ramón" en el que Gerardo Diego, Eugenio d´Ors y otros le demostraban su aprecio y su cariño, le he sumido en una nostálgica alegría.

4 de agosto de 1948

Hoy arribamos al puerto de Buenos Aires en el vapor Río Juramento. Lo que habíamos previsto como una reducida e íntima recepción de amigos y algunas autoridades, se ha convertido en una multitud de admiradores incondicionales que nos vitorean y nos dan la bienvenida. Juan Ramón no sale de su estupor; a pesar de que le parece excesivo, yo se que le emociona y alegra.

31 de diciembre de 1951

Espero que el último día del año no sea mi último día de vida. Dentro de unos minutos me llevarán al quirófano para operarme de ese tumor que no se separa de mí. Si Juan Ramón estuviera conmigo le cogería la mano y le diría muy bajito: pase lo que pase, mi amor te acompañará hasta la eternidad.

27 de febrero de 1954

Otra vez la maldita polémica con Guillén. Temo que este desagradable asunto, que algunos tratan de reavivar, pase factura al equilibrio nervioso de mi marido. Ni en su vejez le dejarán tranquilo este grupúsculo envidioso de poetas sin acento.

12 de septiembre de 1956

El doctor Meigs me ha dicho que ya no tengo curación, y que no me queda mucho tiempo de vida. ¡Justo ahora cuando más falta le hago a Juan Ramón! Al menos hemos podido celebrar juntos nuestro cuadragésimo aniversario de bodas. Cuatro décadas de plenitud, belleza y amor que llegan a su final.

24 de octubre de 1956

Adriana y Connie me trajeron la buena noticia de la concesión del premio Nobel a Juan Ramón. Han querido que sea yo, a modo de último regalo, la que se lo diga. Esperaba que demostrase un poco más de emoción. Tan sólo dijo: ¡ahora!
El destino es así de caprichoso, y a veces neutraliza el máximo gozo con el máximo dolor.


HOJA SUELTA DEL DIARIO DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

25 DE OCTUBRE DE 1956

AHORA

Ahora,
que las espigas están agostadas,
empieza a llover.

Ahora,
cuando ya no hay casi nadie en la sala,
tu disertación se hace sublime.

Ahora,
durante las noches de insomnio,
los vecinos dejan por fin de hacer ruido.

Ahora,
que no tengo una pluma para escribir,
se me ocurren las mejores ideas.

Ahora,
mientras la pena me esteriliza la matriz del alma,
quieres que disfrute de este reconocimiento tardío.

Ahora,
cuando ya nada me importa,
te empeñas en satisfacer mis deseos.

Ahora,
que me quitas a Zenobia,
me concedes el laurel del triunfo.

Es nuestro amor tan excelso
que hasta Dios lo envidia,
y castiga el atrevimiento
de una pasión que lo anula.

Mario Pérez Antolín

 

 


(Homenaje a Juan Ramón Jiménez)


EL MAR I

El mar ha navegado en tu camino,
naufraga en tu vivir y deja luego,
en una noche larga que se pierde,
la memoria olvidada de ese tiempo.

J. M. M. Q.

El abrazo del mar y del reloj
es absurdo: no se mide lo eterno,
sino al pez y la espuma del instante,
su latido que escapa entre los dedos.

J. P. N.

No me digas que el mar ha renunciado
a la luz plateada del deseo.
la ausencia de caricias y de calma
no pueden impedir su desenfreno.
A. A.

En la secreta luz del horizonte,
donde el amor se funde con el cielo,
la mar dibuja el ansia del poeta:
alcanzar la otra orilla de los sueños.

C. A.

En el velero blanco inalcanzable,
donde la espuma se convierte en hielo,
una brisa de menta y regaliz
satura la flor negra de mi pecho.

M. P. A.

 

EL MAR II

Nuestras vidas navegan en el río
del tiempo que se esconde en esas aguas:
mar de mis ojos, mar de mi partida,
mar de la claridad, mar de la nada.

J. M. M. Q.

Un mar adolescente se adivina
en el secreto azul de tu mirada.
Marino de tus ojos, yo navego
para encontrar los mares de tu alma.

J. P. N.

Y sigue el agua lamiendo sin remedio,
sin descanso, sin pausa, nuestras almas.
Regresa algo más tarde a la deriva
o emboscado en los pliegues de tu espalda.

A. A.


Por el mar van mis sueños: por delante
vida nueva, el amor y la romántica
aventura del mundo; por detrás
la tierra de los padres, la añoranza.

C. A.


Pero este fluido que ahora me envuelve
dejará en mi piel la gota sagrada,
de la que beben los únicos pájaros
que vuelan sobre mi pequeña casa.

M. P. A.


LA ROSA I

La rosa estará dormida
en las riberas del labio,
sueña su vivir, y vuela
en el sueño que ha soñado.

J. M. M. Q.

Pintan la rosa colores
en la nostalgia forjados
que a los ríos de la sangre
su dolor arrebataron.

J. P. N.

Corazón lleno de pena,
pétalos amoratados,
sabor dulzón que se enreda
en un tallo ya cortado.

A. A.


No me digas que te mire,
rosa de final de mayo,
que en las miradas se enreda
la flor de los desengaños.

C. A.

Qué necesita la rosa
que perfumea este prado
para seguir siendo rosa:
el suspiro del amado.

M. P. A.


LA ROSA II

La rosa es pétalo y llama,
es la luz y es la pregunta
del corazón, y es el tiempo,
es la Belleza desnuda.

J. M. M. Q.

Si digo Rosa celebro
la razón de la locura,
la caricia y sus espinas,
perfume y sangre de música.

J. P.


No tiene a penas secretos,
ha nacido en la llanura
cálida de tu regazo
llena de aroma, desnuda.

A. A.


Como la rosa los labios
de la tarde, la aventura
que mis ojos enamora
y mi corazón perfuma

C. A.


Este perfume narcótico
Ya casi no me perturba,
He conseguido adaptarme
Al aroma de su pulpa.

M. P. A.

 


 

Carlos Aganzo

José María Muñoz Quirós

Ana Agustín

Mario Pérez Antolín

José Pulido