Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

CENTENARIO DEL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ

El Barraco, (Ávila), 22 de Agosto 2010

“Centenario del poeta Miguel Hernández”

LA VIDA

He vuelto a respirar esta mañana.
Me sorprendí cubriéndome la cara con la gasa
que un día resbaló del escote
y se fundió en mi carne.
Otra vez he removido mis culpas.
He llorado de noche, he anunciado mi huida
mil veces, antes de despertar de nuevo
y ver la misma luz rompiendo la ventana,
la misma levedad absurda de las cosas que nacen,
como yo, esta mañana y enrojecen de ira
o de vergüenza y se mueren
cuando muere otro día como este.
He vuelto a creer en Dios y en ti,
en el amor que nace limpio y sin acuerdos previos,
en la bondad absurda que no sabe de precios
ni de condiciones.
La tentación de darte todo lo que tengo
también ha vuelto a mí, como vuelve la noche
después de un día entero sin ningún pensamiento
que no lleve tu rostro.
La vida, con todas sus perífrasis, con millones de seres
amarrados al cielo
se me presenta siempre tan simple como un nombre,
dos sílabas moviendo el universo,
envolviendo mi espacio, haciendo que respire
a pesar de las dudas, o de las certezas.

 

LA NADA (LA MUERTE)

Cuando la nada llegue
que me encuentre contigo;
contigo en esa isla
segura y sin fronteras
en la que mi latido recorre las arterias
de todo lo posible.
Si estuviera aquí mismo,
en el límite tierno
de la luz primeriza,
si fuese tu sonrisa
la antesala perfecta de la nada
absoluta,
que me habite contigo,
nadando entre tus brazos,
libremente cautiva,
completamente tuya.
Que no dude en llevarme
ciega como me hallo después de haber amado,
absoluta, invencible,
fielmente pasajera
con derecho a quedarse
al final o al principio
del único viaje.
Que mi carne no tiemble,
que no afloren suspiros
cuando parta con ella,
que la noche no tenga deseos
de venganza.
Esa nada profunda sabrá
cómo vestirme
cuando encuentre tus ojos
para decirte adiós
y ella misma me lleve
y te deje dormido.

¿A qué sabe la nada
después de haber vivido?
No me duele el silencio
ni el vientre de la tierra sobre mi sombra
infértil.
Y la nada completa
reventará la noche.

Me iré con sólo un roce de su piel
inconclusa.
Miraré de reojo.
Te dejaré dormido.

EL AMOR (EL MAR)

Despacio, como sueles aparecer cuando te espero,
ha entrado el mar por mi ventana,
toda el agua envuelta en tu sonrisa,
las olas batiendo en los cristales,
la espuma cremosa llenado de brillo
el aire de la estancia,
la frescura salitre y virgen
con todos sus misterios.
Aquí lo tengo, en esta orilla
sin arena
donde tenderme al sol.
Aquí, entre mis brazos
abiertos siempre, de par en par,
por ti.
Soy consciente del milagro
de haber sido elegida para dejarlo entrar
con todos sus sonidos,
todas las tentaciones,
las amebas y las algas
que también han venido
a reposar aquí,
entre las cuatro paredes de mi casa.
Tengo el mar por un día,
quizás dos,
los mismos días que tú verás su cuerpo desnudo
temblando en el cálido horizonte,
los largos minutos que componen las horas
eternas que nos separan e interponen
kilómetros y paisajes distintos hasta que vengas.
Yo siempre estoy aquí
y, ahora, más que nunca
porque el mar, nuestro mar en secreto,
me acompaña con su acuoso sentido.
Me dejaré invadir,
no opondré resistencia.
Algo tuyo vendrá también, después.
 
Ana Agustín

 

 

A PLENA LUZ

Recordad a Miguel
a plena luz del día
leyendo sus poemas a los toros
como un nuevo Virgilio.
Recordadlo de pie,
con un libro en las manos,
sintiendo las palabras como sangre
de avellana en los labios,
oyendo en la distancia
colmenares antiguos,
urgido por la espuma
de una vívida luz mediterránea.

Recordad a Miguel
conversando muy quedo,
debajo de una higuera centenaria,
con Alonso Quijano,
las armas y las guerras
oxidados de olvido,
pero en la dentadura
la saliva del ansia,
el mundo por venir y aún no vivido
el relevo de la caballería
y el sueño de la Arcadia.

Recordad a Miguel
a plena luz del sol,
convocando a la vida
detrás de un horizonte enamorado.

 

EL TRATO DE UNA ESPINA

Sobre las bombas suena la campana,
y la urgencia del frente
hace al beso de fiebre más intenso.
Tienen sus labios trato de una espina
que se clava muy hondo,
como fuego que mata y que libera,
como el cardumen último de un tiempo
de rosas degolladas.

¡Carnívoro cuchillo
que parte en dos la sombra de la sombra
y agiganta el presente,
porque ayer ya no tiene patrimonio
ni mañana reserva paraíso
a aquel que colecciona tanta ausencia!

Desarbolado amor, la vida breve
que se levanta muy de madrugada,
con las luces del sueño,
y deja el lecho tibio
para seguir las huellas de la niebla.
Un alto en la jornada.
Un aguijón que hiere lentamente.
Un instante de luz
en un mundo de turbio griterío.
Y después la memoria
de esos días felices
que nunca sucedieron.

 

CON LOS OJOS ABIERTOS

Nadie ha podido, nadie se atreviera
a cerrar esos ojos de Miguel
que ayer vieron la muerte frente a frente.
Antonio guardó el retrato:
en el rostro las huellas del carburo
que estalló siendo un niño;
esa misma mirada de su madre,
tan gitana y oscura
como es hoy su destrozo.
El miedo, la miseria, las paredes
de una cárcel tras otra.
Los sueños preteridos
y una lava de labios
que abrasa el corazón tan suavemente.

Nadie ha podido, nadie se atreviera
a cerrar esos ojos
que miraron la vida de hombre a hombre.
¡Qué misterio las últimas imágenes
a fuego en la retina
grabadas para siempre!

No se ha muerto Miguel; está dormido
con los ojos abiertos.
La luz lo inunda todo. El hombre acecha.

Carlos Aganzo

 

HERIDA  DE LA  MUERTE

Los había rojos, verdes, azules…
también negros: caballitos del diablo
como rayos vertiginosos, diminutos,
cuchillos que cortan a la luz su transparencia
y se posan en las jugosas plantas del arroyo.
Entonces sus alas eran de cristal,
cuarzos vivos al sol, pura vibración.

Los cazábamos con largas cañas
cuando, al detener su vuelo, se hacían vulnerables
y caían al agua silenciosos
con la lentitud de una pluma arrancada al arco iris.
Su cuerpo inmóvil, roto entre mis manos,
era entonces un lamento 
a la crueldad de tanta belleza malograda.

Yo era un niño y ensayaba la pasión
de los hombres por la muerte.
Aprendí que la vida se rompe, escapa
y nunca es poseída,
que solo acumulamos sus despojos.
Tocamos su plenitud y ya es olvido.

HERIDA   DEL  AMOR

Hace tiempo que solo sé de tu inminencia.
Hace tiempo que tu inminencia es no saber,
sino la aparición, el estallido,
la fiesta del fuego para en ella derrocharse,
arder en la noche del cuerpo, en su trono,
el escenario  que olvida sus preguntas, que solo
para sí iluminan las tinieblas del deseo.
Manzana  en el jardín del corazón,
viejo maestro de lo humano
asomado a un río incesante
en las arenas del tiempo.
Boca para el beso inocente de los niños
y el abrazo devorador de los amantes,
soledad del labio tras  los visillos de la renuncia.
Amor que duele en sus heridas
y no anhela su curación, sino su goce.

HERIDA  DE LA VIDA

Cuando se hace el silencio y la paz
aquieta un corazón que nunca escucha
sus latidos, mientras disputa airado
y empuña con rabia  los trofeos
que confirman su lucha de ser vivo.

 

Cuando acompasa su aliento y su sangre
a los senos lunares de la roca,
a la madera de savias tan dulces
y se entrega a los designios del agua.

 

Cuando el relámpago enciende los reinos
sin medida del instante
y funda un santuario en la sed
que no se apaga…

 

Su herida inexorable ya no tiene límites.
En ella la vida se rebela, sucede, duele
cuanto más nos abraza

José Pulido Navas

 

AMOR TANTÁLICO (Amor)

Siento sed y no veo en qué saciarme,
el hambre me está confundiendo el juicio,
ella me cerca y no encuentro suplicio
mayor que pueda más mortificarme.

¡Qué honor saber la voluntad rendida
y qué dicha la del recompensado!
Daría todo por haber probado
la nieve halada de tu piel fundida.

¿Qué sustancia conforma la locura?
¿Por qué ya no somos lo que seremos,
ni deseamos ser lo que antes fuimos?

Las heridas de amor no tienen cura
por más que de sanar tú y yo tratemos
del puro tormento que recibimos.

DEMENCIA (Vida)

Tu mansedumbre resbala por mi costado
como las babas de un caracol podrido.
Ocultos tras el recuerdo de un ser primitivo
buscamos una salida en el laberinto de su conciencia.
La única puerta abierta conduce a una terraza
desde la que hoy he visto lo siguiente:
un escarabajo aplastado por el tacón de una dama
incapaz de meterse en líos;
un hombre que se corta la mejilla al afeitarse
sin saber que con la misma facilidad                                                   
podría seccionar el cuello a su mujer por pura desgana;
un enajenado que simula los brotes de locura
para que le apliquen electroshock,
sabe que está loco
pero necesita sentir que no está muerto.
Nadie deja un vaso en el extremo de una mesa
ni cruza una calle con los ojos cerrados,
y en cambio nos atrevemos a vivir.
Nos atrevemos a vivir porque no nos atrevemos a morir,
y porque nacer no dependía de nosotros.

CON PADRINOS Y A LAS SEIS DE LA TARDE (Muerte)

Me han dicho que no te mire a los ojos,
que si lo hago
me temblará el pulso y erraré el disparo.
Si miras a los ojos a una persona antes de matarla
su alma te atormentará eternamente.
Pero ningún consejo me dieron
si eras tú el que buscabas mi rostro;
por eso, cuando di la vuelta,
estiré el brazo,
contuve la respiración,
y dirigí la mira de mi pistola a tu pecho,
esperando encontrar la blancura nívea de tu blusa,
y encontré unos ojos que me observaban,
supe con total certidumbre
que había llegado el día de mi muerte.

Mario Pérez Antolín

 

La herida del amor

Herida nacida de labios soñados, de labios perdidos, de labios que fueron en busca de otros labios. Labios, puñales tiernos que rasgan con dulzura nuestra piel, a la que hacen creer eterna. Y brota nuestra sangre como un reguero de cerezas; perfumando de atardeceres la soledad buscada; esa soledad que se complace en el infinito disfrazado de espejo con azogue de nácar en el que se reflejan los ojos de la amada, hasta hacerse, sus ojos, nuestros ojos, espuma de palabra que alimenta la luz de laderas abundantes. No obstante, un día, de la herida del amor quizá sólo surja el grito ahogado de una demanda absurda, y reclamaremos el cumplimiento de una promesa olvidada, de una promesa que nadie murmuró a nuestros oídos; exigiremos la demencia para los relojes, para que así regresen a la hora que jamás tuvieron que marcar. Entonces percibiremos que de la herida del amor florecen las rosas marchitas que se alimentan con el agua de nuestras lágrimas.

 

La herida de la muerte

Herida que nos alcanza cuando nacemos. De ahí el llanto del recién nacido. De ahí sus ropas de sangre ya inútil: para que recordemos que tarde o temprano la muerte llamará a nuestra puerta. Sin embargo, ocultamos su herida con ilusiones que caducaran pronto satisfechas; bebiendo licores perecederos; olvidándonos, una y otra vez, que el mensaje de la muerte se hará más perceptible al evaporarse el néctar que siempre creemos salvífico. Tampoco escuchamos a quienes nos antecedieron en este camino de final ineludible, que nos susurran desde sus sepulturas que ellos fueron como nosotros y nosotros seremos como ellos. Pero el dolor más intenso que provoca la muerte es cuando pide la presencia del ser querido -su herida y la herida del amor se confunden-, ya que si pronuncia nuestro nombre, súbitamente todo temor desaparece, y el manantial de espanto queda seco. No, no es cierto que los muertos queden solos; solos quedamos los vivos.

 

La herida de la vida

Herida que se abre, que se descose, cuando el tictac de los relojes se adueña de la madrugada y no hay más luz que la luz opaca de las tinieblas. Entonces todos los temores resucitan, todos los muertos nos miran, con sus ojos sin párpados, desde su estático mutismo. La vida, con el amanecer, con el canto de los pájaros, volverá a cerrarla; a suturar la herida que ella misma provocó en el instante que olvidamos nuestra condición mortal. La vida hiere, la vida sana, la vida nos vuelve a traer en la noche el sabor de las lágrimas que pensábamos caídas en el río que desemboca en el mar del ayer. Porque en el tictac de los relojes negros vienen los latidos que nos recuerdan que antes o después todo será nada; los latidos que presagian fracasos y pesadillas. Y si los malos augurios callan, se hace presente la voz que nace de labios ya para siempre detenidos. Tanto temor a la vida mientras la vida que hará doblar campanas duerme y nosotros, que somos vida, hablamos.

Roberto Rodríguez

 

VIDA, AMOR Y MUERTE
(Tres heridas)

I

VIDA

Vivir en el deseo de que todo
pueda ser de otra forma: cada día
nuevo en su luz, nuevo en el tiempo, nuevo
entre las cosas cuando nacen nuevas.
Comprender cómo puede así llegarnos
la sombra de la noche en su desvelo
de claridad. Y luego la alegría
de amanecer entre las horas dulces
de la mañana en el desván que siento
partícipe en tus ojos, con la lenta
llegada de los pájaros en vuelo.
Vivir en el deseo de los álamos
cuando rompen su voz, cuando su aliento
nos transforma las horas en un tibio
dominio de palomas y vencejos.
Vivir en el clamor de las libélulas,
en el principio del amor, en todas
las iniciales hondas del silencio.
Vivir, vivir, vivir, alba del mundo,
en el origen de la luz del sueño.

II

AMOR

Me quieres sin palabras, me desnudas
con los dedos del mar. Me rozas luego
entre luces de amor, entre palomas
que vuelan hacia ti. Huyo hasta el cielo
nebuloso del sueño, y me sumerjo
en el recodo de tus ojos hondos
y luminosos. Voy al alto vuelo
del alma de las rosas. Subo al día
de los delirios del olvido, cierro
la puerta del dolor en una fría
caricia que me hiela. Te convoco
a mis labios viajeros por los tuyos.
Noche en mi noche luz, y cielo abierto
de estrellas que no cesan. Yo te llamo
a la clausura del olvido, al triste
plenilunio del fuego. Sueño ahora
una vez más contigo cuando fuiste
a un cielo de las gaviotas, a la aurora
de mis días oscuros, a mi luna
eclipsada en la orilla de tu costa.

III

MUERTE

Llama a otra puerta y en la aldaba deja
un nombre en el olvido. No pronuncies
ni una sílaba rota, ni una lágrima
herida. Huye luego y escapa
lejos del corazón cuando ya nadie
puede sentirte en la distancia. Busca
el peso de los días clausurados
en el hondo camino de la ausencia.
Deja en el aire su silbido extraño,
apuesta por la sombra de los lirios
y no descanses. Súbete a los altos
dominios de la roca, hasta la fría
tempestad de los chorros de la nieve,
y detente en los altos campanarios
del huracán de la derrota. Toca
esa música breve derramada
que nos invade de tristeza. Olvida
en otro mar sin olas, ese oscuro
dolor de este dolor de oscura nada. 

José María Muñoz Quirós

 


 

Carlos Aganzo

José María Muñoz Quirós

Ana Agustín

Mario Pérez Antolín

José Pulido

Roberto Rodriguez

 

Carlos Aganzo