Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

HISTORIAS DE LA "CAJA ÁUREA DE MÚSICA": SONATA DE LOS CAMINANTES

Por Fernando Miguel Pérez Herranz

 

 

rimer movimiento. Allegro ma non troppo. Los caminantes se desperezan, disponen provisiones y avíos e inician el ascenso a la montaña. Ya están preparados, un día más, para tentar a la Naturaleza y procurar arrancarle alguno de sus secretos. Con destreza franquean las suaves colinas cubiertas por los intensos y deslumbrantes verdes de la garnacha. Una severa cuesta les modera el ritmo y, algo azorados, creen adivinar en la brisa matutina el alboroto jocoso de los excéntricos olivos, tan adustos los troncos y tan joviales las hojas de haz luminoso y blanquecino envés. Se refrescan en la fuente de los Regajos. Y ya, sin solución de continuidad, se separan y se pierden por entre las sendas y trochas de la Dehesa del Monte Encinar, un formidable bosque de encinas moteado por retamas, hiniestas y enebros.

El mayor, fascinado con los pájaros, se camufla para grabar entre los piornos el piar fraseado de algún zorzal confundido de estación; o en las oquedades de los árboles, el silbo ronroneante de los herrerillos; o, a ras de suelo, el trino vibrante de las escurridizas y enigmáticas alondras. El mediano, atraído por reptiles e insectos, dibuja bocetos a mano alzada de lagartos irisados en oros y azules, gorgojos rojizos o carábidos de verde metalizado. Y el benjamín, cautivado por la fotografía, busca los ángulos más insólitos de ramas y troncos entreverados en las rocas. Acordaron reunirse al mediodía en el Museo de la Naturaleza Valle del Alberche. Antes de compartir sus desvelamientos, recorren las cuatro salas del Museo, que se corresponden, sin violencia ni artificio algunos, con las cuatro raíces originarias de la antigua cosmología: Aire, Agua, Tierra y Fuego. En la Sala del Aire observan los vuelos nebulosos de búhos, cárabos y murciélagos, y escuchan, entre gestos de fingido temor, sus lóbregos y sostenidos cantos. En la Sala del Agua, más comedidos, imaginan el fluir de los ríos, colmados de truchas, bogas y calandinos, vigilados en las orillas por galápagos y pájaros ribereños. En la Sala de la Tierra admiran atentos la fortaleza de los robustos árboles del bosque —encinas, robles, alisos y pinos— y la grácil vegetación a la que dan cobijo: zarzas, setas o majuelos. Al entrar en la Sala del Fuego los sobrecoge la escultura central, el impresionante ataque de una pareja de lobos a un grupo de ciervos que huyen a la carrera, símbolo y apoteosis de la lucha por la vida. Advierten cómo la escena dramática es acogida, a la vez, tanto por la discreta curiosidad de las aves rapaces como por la indiferencia de las sigilosas culebras y de las astutas víboras que se distribuyen por paredes y rincones. La voz amable del director del Museo les despierta de su ensimismamiento: «¿Habéis visto la vitrina-diorama de insectos y mariposas?». Un maravilloso tesoro que no puede recorrerse sin dejar de admirar el aguerrido escarabajo de las rosas (cetonia aurata), el majestuoso capricornio de las encinas (cerambyx velutinus) o la inquietante ninfálida pandora (pandoniana pandora), que nos seduce con sus verde oro y rojo cadmio.

Los caminantes se han reconciliado por un instante con esta equilibrada obra de los hombres, que con tanto atractivo han sabido representar la Naturaleza de los valles y montes ibéricos. Y no será la única reconciliación en este día con el Arte. Se despiden con un «¡Hasta pronto!», y conversan muy animados, entrelazando lo vivido en la montaña y lo contemplado en el Museo. Les salen al paso unos bancos y mesas de granito, sombreados por un puñado de pinos y cipreses, que los invitan al almuerzo y al descanso. Con los últimos rayos del atardecer, se acercan al pueblo. A la altura de la gasolinera, cruzan la ardiente carretera de asfalto, se asoman a la sólida fábrica de piedra del antiguo Molino y, como por un ensalmo cervantino, se dan de bruces con un extraño edificio de color ocre amarillo: sus paredes alumbran vibraciones que, por un lado, se expanden como diestras madreselvas de las que brotan timbres, ritmos y compases, y, por otro, se ramifican como levógiras enredaderas en las que florecen armonías, contrapuntos y melodías. Al entrecruzarse, llenan todo el espacio que lo envuelve. «¡Parece una caja de música!» exclama asombrado el más joven.

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Segundo movimiento. Andante. «Sí; parece una caja de música; algo alargada», asiente el mayor que, hábil en matemáticas, enseguida hace un rápido cálculo: «Lienzo de unos quince metros de largo por tres de alto». Los caminantes rodean el edificio y notan cómo las medidas se amplían: algo más de diez metros de ancho, pero unos cinco metros de alto en la pared de la puerta de entrada. Ahora los números los maravillan. Recita: «Quince, diez, cinco»; o mejor, a la inversa: «Cinco, diez, quince», que es tanto como iniciar una sucesión de Fibonacci: el tercer número es suma de los dos anteriores: quince es igual a diez más cinco. Si se prolongara la serie, se alcanzaría el valor del maravilloso número áureo: 1,618033... Los caminantes oyen una voz que, desde el interior, diserta sobre las proporciones de la guitarra: «Muchas son las formas que puede tomar una guitarra: panzudas, alargadas, oblongas, estilizadas, globulares, umbílicas, bulbosas..., pero las que realizan los lutieres siempre tienden a proporciones regidas por el número de oro: entre el diapasón y el clavijero del mástil; entre los ejes de los dos lóbulos de la caja de resonancia...». Cuando los caminantes advierten en el umbral de la puerta de entrada el nombre del recinto: «Fundación Áureo Herrero», la asociación es inevitable: números, instrumentos y nombres parecen converger en un mismo y especial objeto. No es un mero parecer, sino un aparecer, una presencia real que se impone por sí misma: aquel edificio no parece ya, sino que es realmente una «Caja Áurea de Música». Y ahí, en esa plaza, el espacio y el tiempo, el lugar y la memoria, quedan unidos sólidamente por una gran cadena áurea en la que se revelan, reflejan y traslucen sonidos, artefactos y afectos.

Los caminantes han cruzado en dos parpadeos —uno matutino y otro vespertino— el puente que une la Naturaleza y el Arte. Una sombra, sin embargo, enturbia por un momento la brillante claridad de su audacia: ¿No será aquél otro lugar en el que hostiga y agobia la música implacable, monótona e inmisericorde? Esa música que aturde en los grandes almacenes; en las salsas de espera de cualquier oficina y aun de las clínicas; en los coches que se detienen ante la luz roja de los semáforos; en los anuncios por televisión; en el teléfono mientras se aguarda condescendiente una respuesta. ¿No son excesivos los espacios y los tiempos de la música en nuestras sociedades? ¿Acaso no han huido los caminantes precisamente del ruido, el musical incluido, que nos interpela por todas partes? «Pero no está en la naturaleza de la música emborronar el oído». El mediano comenta cómo la música nació y se configuró en algunos lugares mágicos, numinosos, cuasi-sagrados, como contrapunto del silencio. Y recuerda los monasterios benedictinos en los que los monjes de Cluny imitaban a los coros celestiales con cánticos que, sabiamente, superponían sus ecos y se repetían en infinitas variaciones, hasta que frailes y fieles todos, definitivamente, expulsaban de su corazón los deseos malignos y diabólicos. Han cambiado los tiempos y ahora, al contrario, la verdadera música —como la que se emite en la Caja Áurea— no es contrapunto del silencio, sino contrapunto del ruido.

«Porque la música —prosigue el joven— no es ruido, sino comunicación. El antropólogo Steven Mithen considera que nuestros antepasados neandertales hablaban con acento musical, en una especie de rap. La lengua musical no es la música agresora que aturde ni la música solipsista de los auriculares que nos aísla; es la música de los mensajes, de los intercambios y de los enlaces». Y tras unos segundos de búsqueda en su iPad continúa: «En la Crónica de Alfonso VII, donde se narran las bodas de García de Navarra con Sancha, la hija de aquel rey de León y de Castilla, que se autotitulaba Imperator Hispaniae, puede leerse: 'La infanta doña Sancha dispuso el tálamo en los palacios reales, que están en San Pelayo, y en los alrededores del tálamo una numerosísima muchedumbre de bufones y doncellas que cantaba con órganos, flautas, cítaras, salterios y toda clase de instrumentos musicales'».

Los caminantes, transportados de la Naturaleza al Arte, hojean el programa de mano: «Conciertos Homenaje. XXIII ciclo Áureo. 2018)» Es el vigésimo tercer concierto consecutivo que se celebra en homenaje al maestro de la guitarra don Áureo Herrero. Aquí, en esta Caja triplemente Áurea de Música, en la que coinciden, felizmente, número, nombre y vida.

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Tercer movimiento. Danza. Durante el descanso, los caminantes respiran el aliento de aquellas paredes, en las que se han ido incrustando miles y miles de notas que han conmovido a la comunidad áurea de los amantes de la música (philomúsikontes). Año tras año, y atardecer tras atardecer veraniego, alrededor de la Caja Áurea se ha ido creando un imaginario colectivo musical que entrelaza sonidos y afectos: los sonidos agudos hilan saludos y abrazos entre los que se reencuentran; y los sonidos graves tejen recuerdos y plegarias para quienes ya no han de volver. No es aún un Santuario; mas, para algunos, empieza a ser la Ermita popular que despierta devociones y vocaciones en principiantes, consagrados y espectadores.

Sí, porque en este recinto numinoso, se despliegan las danzas ilusionantes de los jóvenes músicos que muestran su habilidad o su genio o ambas cosas al tiempo. Reciben ahí sus primeros aplausos, que los llenan de energía y los estimulan para construir la dura carrera que exige el enorme y fatigoso trabajo del ensayo diario, de la fortaleza y de la paciencia ante la dificultad de las partituras. Pero tampoco les deberá importar que no alcancen el virtuosismo necesario para romper fronteras: porque la Música, con mayúscula, los acompañará ya para siempre, y así sabrán transformar muchas relaciones humanas en actos de cultura.

Y también las generosas danzas de los músicos ya consagrados —guitarristas, pianistas, saxofonistas, cuartetos, tríos, corales o grupos de jazz— que visitan la Caja Áurea y que, como peregrinos, dejan aquí su testimonio. Con su sola presencia reconocen el esfuerzo y la ilusión de quienes organizan estos ciclos: de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento; del buen hacer y saber de Joaquín Tafur, su director artístico; de las conexiones internacionales de Antonio Domínguez; del entusiasmo de Julián quien, con firmeza y constancia, graba las sesiones musicales para el recuerdo; y de todos aquellos que aportan su concurso a la congregación de todo este juego de energías.

Y, desde luego, la danza de los espectadores entregados, por una parte, a la técnica de los músicos, emocionados ante los ágiles dedos que puntean las cuerdas o se deslizan por entre las teclas; y, por otra, a su mágica conexión con las emociones, en una prodigiosa y explosiva «técnica del alma» que hace girar la rueda de las tonalidades. Los espectadores podemos vivir toda la gama de la fantasía perceptiva: desde el regocijante do mayor a la calma del re menor; del conmovedor la mayor al ímpetu heroico del do menor, de la magnificencia del mi mayor hasta la tristeza del mi menor... Troncos sinuosos de compases, pámpanos de sostenidos y bemoles, racimos de corcheas y semicorcheas, zarcillos que concluyen certeras frases musicales. Todo el entorno florece y, como las parras que protegen los patios y los huertos, va cubriendo las paredes de la «Caja Áurea de Música». Los frutos son muy variados: los jugosos acordes armónicos y cantos de gloria que se entreveran con los secos acordes disonantes y cantos de lamentaciones. Y el despliegue de toda la potencia que contienen: despalillan y estrujan fandangos y zarabandas; fermentan rondós y nocturnos; prensan sonatas y suites; y maduran preludios y fugas. Las emociones se identifican con las notas, las notas se confunden con las emociones y unas y otras, cabalmente trabadas, se resuelven en el encendido y arrebatador aplauso final.

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Coda. Adagio. Los caminantes regresan a la acampada repletos de insospechadas y admirables vivencias que los apremian a desgranar recuerdos, revivir viejas historias, repasar listas de deseos y aun fantasear escenas surrealistas, oníricas o sin contexto. Mas, sobre todo, a volver una y otra vez a esa singular experiencia con la que les ha obsequiado ese larguísimo día. Tras años de subir a las cimas de las serranías, bajar a los valles y vadear sus ríos, hoy se han encontrado con dos lugares insólitos que concentran lo natural y lo artístico: Museo y Música. Conmovidos, se tienden en la tierra y miran el cielo terso del estío. Hacia el sur, avistan las montañas de las estribaciones de Gredos adornadas por cúmulos de estrellas derramadas, regueros de nutriente leche celestial; y hacia el norte, el trazado firme de la Cebrera coronada por una conjunción de estrellas, desprendida rama de olivo que en vuelo va. Un casi imperceptible golpe de viento abre el programa por una página que anuncia, para mañana, la suite El Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns. Es una imagen que llega muy borrosa a aquellos ojos ya tan fatigados y a punto de desvanecerse. Y, como por otro ensalmo cervantino, un mismo sueño los invade: los moradores del Museo se acicalan con sus mejores plumas, escamas y pieles, y se dan cita en la Caja Áurea para escuchar el Concierto. «Ya estamos todos. ¡Que empiece la música!».

 

 

Por Fernando Miguel Pérez Herranz,

Profesor Titular de la Universidad de Alicante

Don Ramiro, Maestro, Por Fernando Miguel Pérez Herranz

La Caja Áurea de Música, Por Fernando Miguel Pérez Herranz